jueves 5 de noviembre de 2009

Los amados tumores de Shonda

Ay, Shonda, Shonda...

Dudo que haya alguien más irregular que tú en toda la televisión estadounidense. Eres capaz de tirarte un cubo de basura encima con las relaciones sexuales fantasmagóricas de Izzie Stevens y luego te pones mona delante del espejo y nos regalas un cáncer del tamaño de Formentera. Y lo abrazamos con todas nuestras fuerzas y disfrutamos de esa boda terminal y el metafísico viaje en ascensor del soldadito O’Malley y la bonachona de Izzie. Ni una descarga de desfibrilador hubiera podido con ese final de impacto.

Pero contigo, creadora de Anatomía de Grey, luego llega otra ración de estiércol. Casi nunca falla. ¿Qué vino tras la muerte de Denny? Una odiosa doctora Stevens que estuvo todo el otoño contemplando un cheque pegado en la nevera. ¿Y qué vino tras la inverosímil y también pordiosera no-boda de Christina Yang? El acabóse, que casi resultó en un siniestro total. Básicamente no sabes salir triunfal de los atolladeros en los que te metes: llevas al espectador a hacer unos trompos y terminas dando unas cuantas vueltas de campana con el vehículo.

Esta vez no ha sido menos. Sin espoilers para aquellos que la sigan por Cuatro (que tanto se esfuerza con FlashForward y tan poco con ésta), sólo diré que los dos primeros episodios eran un viaje al imán de la nevera, la postfuga del doctor Burke y una especie de letargo para los días venideros. Decidiste saltarte la fórmula de la serie y brindar un relato cronológico postmortem. Pero te diste de bruces con la rutina e hiciste la peor carta de presentación posible: no dijiste “ahora vendrá lo bueno” sino “esto está tan muerto como... pongamos por ejemplo 'Heroes'”.

Claro que eres Shonda y a la vez eres Meredith Grey. Sí, la odiamos, pero al fin y al cabo su universo nos complace tanto que le perdonamos los tics y rabietas pseudotrascendentes. Y tras los ochenta minutos más soporíferos de Anatomía de Grey, que era como un salto al vacío a lo Thelma y Louise, nos metes en una carretera perdida para ver un mundo desconocido. Sí, me quito el cutre gorro estampado de cirujano (Dios, qué mal gusto tiene el Dr Sheppard) y te rindo culto, Shonda.

Ahora la escapadita está siendo fenomenal. Primero cogemos un cabreo de cuidado con los nuevos chicos del Mercy West (que como explicasta vía Twittersi los odiáis con todas vuestras fuerzas es que hemos hecho un buen trabajo”) y después escribes uno de los episodios más magistrales de toda la serie. Un "¿cómo sería Anatomía de Grey si jugara a los puzzles y a resolver crímenes?". Genuflexión obligatoria.

Y después de dar otro giro, para acompañar a Derek en una operación imposible que él mismo narraba (Ellen Pompeo, ¿por qué no buscas la segunda criatura y así tenemos a Meredith postrada en una cama otros cinco capítulos?), me pregunto qué nos deparará el episodio de hoy. Es probable que otro gran tumor con mucho afecto.


Aunque ay, Shonda, Shonda... Sin Cita Previa es indefendible y apesta tanto que necessito mascarillas para soportar su hedor. Pero no te preocupes, que hoy te amo y ya te odiaré otro día.

martes 3 de noviembre de 2009

Reservado el derecho de admisión

Glenn Close, Dianne Wiest, Alec Baldwin, Sally Field y Gabriel Byrne, para poner algún ejemplo, están en televisión. Actores de cine que se pasaron a la caja lista porque estaban en una edad complicada para encontrar buenos personajes. Aunque también comparten algo más: Todos ellos han sido premiados. Y un comentarista me preguntó “¿están en cierto modo evitando el reconocimiento de otras criaturas propiamente catódicas?”. Pues a bote pronto diría que sí.

En ningún momento se me ha pasado por la cabeza que no lo merecieran. Field y Close, que sí sigo, le ponen ese punto extra a los papeles que interpretan, que además son dos brillantes gemas preciosas. Tanto Patty Hewes como Norah Walker son ahora mismo referentes teléfilos, pero las dos actrices también son caballos viejos ganadores. Nada en contra de la edad. ¿Pero os imagináis qué hubiera ocurrido si Keri Russell, Jennifer Garner o Claire Danes se las hubieran encontrado en su momento de gloria? Pues palmadita en la espalda para las jovencitas y ese “tiene una gran carrera por delante” mientras se sacan el discurso de la regadera.

Este año en los Emmy hubo una demostración de cuánto importa haber triunfado en el celuloide. Toni Collette, que protagoniza United States of Tara, ganó el Emmy a la mejor actriz de comedia. Y esta vez sí que fue porque tenía un currículum que la avalara, ya que su interpretación no era ni mucho menos galardonable. Encarnaba en la ficción de Diablo Cody a una mujer con múltiples personalidades y los excesos se quedaban en algún sitio entre la genialidad y el patetismo (no sé hacia donde tiráis vosotros, pero por más que adore a Toni, es lo peor que le he visto). Sin embargo, tenía un gran “pero”. La Tara del título era mediocre e insustancial. Pero premio al fin y al cabo.

Es curioso contemplar que, mientras en los Oscar hay una tendencia a consolidar a aquellas jóvenes con talento (Hilary Swank, Gwyneth Paltrow, Reese Witherspoon), en televisión es todo lo contrario. Ya no hay Garners, ni Danes. Hay muy poca osadía a levantar a un intérprete y la victoria de Anna Paquin por True Blood en los premios de la prensa extranjera no sirve para probar lo contrario, pues recordemos que la jovencita casi nació con un Oscar bajo el brazo gracias a El Piano.

El caso de Close, por merecido que fuera, debió suscitar un poco de controversia. En los últimos Emmy ganó a la mejor actriz dramática por segunda vez. Y aparte del hecho que la segunda temporada de Daños y Perjuicios era basura muy bien envuelta (que esto, ya de por sí, podía haberle negado el premio), se llevó la estatuilla por el mismo papel. ¿No es hora de que, de una vez por todas, se cambie el reglamento? Un papel, un premio.

De esta forma, las viejas glorias no podrán acapararlo siempre todo, porque sólo hacía falta ver las otras nominadas: Kyra Sedgwick (caballera de la mesa cuadrara televisiva), Mariska Hargitay (otra), Holly Hunter (la enchufada del Oscar), Sally Field (la caballera con dos Oscars en la manga) y la estupenda pero demasiado verde Elisabeth Moss.

En la academia de la televisión (así como en los Globos de Oro) no hay ningún afán de exploración y aún menos de arriesgarse. Los Oscar a su lado son la hija acneica y rebelde con estética punk. Sino preguntaos porqué Elizabeth Mitchell no vio reconocido ni con una candidatura su papel en Perdidos; porqué Kristen Bell no estuvo en la quiniela final por la 1ª temporada de Veronica Mars (doblemente joven, por interpretar a una adolescente para adolescentes); porqué el matrimonio Taylor de Friday Night Lights se pierde los focos de las alfombras rojas (¿serie de autor con adolescentes? ¡que los tiempos de My So-Called Life terminaron!); o la cylon Tricia Helfer (¿una diva semidesnuda de ciencia ficción? ¿es una broma?).



Pues todas esas brujas savias, que hechizan con un derecho natural, y que han sido premiadas, deben dejar espacio. Vinieron al medio para ser aclamadas, pero con una ovación debería haber más que suficiente. Que mi espíritu mitómano me lo pide: cuantas más estrellas haya en el firmamento, mejor.

sábado 31 de octubre de 2009

The Fierce Style of Christian Siriano

Estaba engañado y a la vez en lo cierto. Creía haber dado con la grandeza televisiva después de ver Project Runway. Pero por lo tardío de mi descubrimiento (o más bien de mi elección) he empezado con la sexta temporada. Y yo la veía inmensa. Me daba igual que algunas personalidades pasaran sin pena ni gloria por esas cámaras, porque el proceso de diseño de la ropa era tan interesante, y el resultado en la pasarela tan intrigante, que ni me daba cuenta. Pero ha sido entrar en el mundo de Christian Siriano y la pasarela ha dado un giro copernicano. So fierce!

Este chico de 21 años fue uno de los concursantes de la cuarta edición de este reality-game para ver quién es el mejor diseñador (y, ojo, que no es ninguna tontería y quienes acuden son verdaderos genios). Y su instinto artístico retro y a la vez transgresor satisfizo las retinas, mientras su carácter se esculpió en un pedestal catódico.

Su vocabulario era algo limitado, no por corto, sino por su ramalazo a lo spoiled brat y sus aires de minidiva. Todo lo que sale de su boca, para ser exactos, viene acompañado de “hot” y su adjetivo preferido es “fierce” (y las combinaciones que puede llegar a hacer son asombrosas, de aquí el “this is a hot tranny mess” que se parodió en el Saturday Night Live en uno de los sketches más relevantes de los últimos años).

Y su actitud de comediante, a la vez muy bitchy y tocando de pies al suelo, llenó el programa. Había nacido para el show y su cameo en Ugly Betty lo corroboró (está aquí). Como tampoco cabe duda que este diseñador, si llega lejos, puede acabar dando mucho miedo. Diría que es un cruce entre la Meryl Streep de El Diablo Viste de Prada y el Chandler de Friends, pero es que Christian Siriano es el mismo (a lo bestia y sin medida).

Él puso, más o menos, el 51% del factor humano de la temporada, pero también hubo más. Vistieron a wrestlers, a adolescentes tontas y el plantel de diseñadores era formidable: desde una ex motorista, al grandioso (en gracioso, tamaño y risa) de Chris e incluso a una especie de Superman de bisturí que tuvo que abandonar el reality por un infección que por su condición de seropositivo tuvo que tratarse. Revelador (no por la enfermedad, por supuesto), de la misma forma que lo fue ver como perdían los papeles al tener que vestir un hombre. Sí, sí, hay diseñadores que pueden hacer un hot dress con chucherías y luego no tienen ni pajolera idea de cómo son los pantalones para hombre (y te hacen un hot tranny mess, claro).

De esta comparativa he sacado una primera conclusión: la sexta temporada, a la que diría que le faltan un par de semanas para terminar, es flojilla viendo el auténtico potencial que tenía. Pero justamente por esto también he comprendido que Project Runway se eleva a los cielos porque, incluso en su peor estado, sigue siendo espléndida (y Heidi Klum es muy fierce por mal que me caiga en el programa).

Clonismos
La presencia de Christin Siriano, además, dejó huella. Y no es que haya oído referencias a él durante esta temporada, sino que ha habido un par de personas que han intentado cobijarse en su imagen. Nicholas, por ejemplo, quizá sólo porque también es muy bitchy me ha hecho pensar en Christian con sus despotriques ante la cámara (y un hurra para él). Pero quien no se salva es Melvin o, mejor, la gallina de los huevos de oro (si quereis entenderlo... ved el programa). Ese rollo mariloca de “soy tan fascinante que los jueces no me entienden” era una copia de Christian. Aunque hay una diferencia: Christian por lo menos tenía estilo.

jueves 29 de octubre de 2009

Save the cheerleader, save Glee!

La cultura cheerleader es casi tan exótica como la de las geishas japonesas o las mujeres jirafa. Mentiría si dijera que entiendo el significado de su existencia (ver A por todas no sirve de curso acelerado) . Hay algo que no termina de cuajar respecto a ellas. Lo que está claro es que ese cóctel de danza, sensualidad, esfuerzo, elitismo, belleza, inocencia, apoyo al equipo y competición, con los sugerentes uniformes, es uno de los imanes de la tele americana. Primero tenían que salvar a una cheerleader para salvar el mundo en Heroes; sufrimos la presión de pertenecer a ellas en Friday Night Lights (donde Lyla nos dio su mejor retrato y también uno de los mejores episodios de la serie); nos las tomamos a risa en 10 Razones para Odiarte; y ahora están salvando a la cheerleader para así salvar Glee.

No es que se me disgustara al principio. Ese primer capítulo que se sirvió en primavera a modo de aperitivo fue una parodia colorista y dinámica, pero cuyas exuberancias marchaban a trompicones. Eran buenas frases rodeadas de mediocridad, y tiempos muertos entre canción y canción.

Los episodios que lo siguieron tampoco es que triunfaran como la espuma: si el inicio era irregular, fue a peor. Pero se evidenció algo: cada vez que aparecía la cheerleader Quinn (así como su entrenadora Sue Sylvester o Puck) el corazón teléfilo latía más rápido. Los malotes siempre atraen más y empezaron a desarrollarlos con mucho más ingenio que los trozos de pan como el profesor, Rachel o Finn, que aburren bastante y, en el caso de Corey Monteith, provoca bochorno. ¿Por qué triaron para hacer de tío bueno y solista a un chico que no tiene voz, ni físico, ni coordinación? Sin su presencia, toda la serie ganaría unos cuantos enteros.

Pero a lo que iba: desde que se propusieron subir al escenario a Quinn, Glee se ha reforzado y ya tiene personajes, además de caricaturas. En esto ayuda, por supuesto, la frágil composición de Dianna Agron (que podéis seguir por twitter).

Y hay otro factor que se debe tener en cuenta y que, fascinación cheerleaderesca (y calentón sobrehumano con Mark Salling) aparte, ha contribuido aún más a la eclosión de este musical: por fin están dejando de lado los diálogos para dejar hablar a las canciones. Ahora las hay en todas partes y van desde My Fair Lady a Neil Diamond, pasando por Sisqo (y dentro de poco también Madonna).


Y, los que esperábamos Glee con entusiasmo por ver un pedacito de musical cada semana, por fin podemos estar contentos.
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Es una lástima que por youtube quiten los clips de calidad, pero aquí se puede ver la grandeza de la estética cheerleader:


Y no podía haber post de Glee que no hablara de la magnífica aparición de Kristin Chenoweth. Allí mostró todo su talento, tanto el que la hizo una estrella de Broadway como el que la llevó a ganar el Emmy por Criando Malvas:


domingo 25 de octubre de 2009

Limar las asperezas

Miénteme (Lie to Me) pecó de ambiciosa. Partía de un concepto con potencial, el de detectar las mentiras gracias a las expresiones, pero había tantas ganas de dar guerra a CSI, que se olvidaron de dejarle alguna imprenta. Meter a Tim Roth, por peculiar que sea, no da directamente una personalidad al producto y la corta primera temporada fue tan blanca como las paredes de la empresa de Carl Lightman.

El fichaje de Shawn Ryan como showrunner, o sea, el director de esta orquestra, se interpretó como la solución. Aparecía de entre los laureles que le granjeó la finiquitada The Shield y prometía una mayor dosis de crudeza y unos casos mejor engranados. Y a pesar de las alabanzas de la crítica norteamericana, después de ver los nuevos episodios, sigue pareciéndome insípida.

La fórmula, juego de mentiras aparte, es muy tradicional y no hay nada que la amenice. Es extraño que, viniendo de la Fox, se abandone tanto a los personajes. El muy repulsivo Roth y el resto de polígrafos andantes podrían haberse acercado a la divertida inercia de colegas de Bones, que sería mediocre de no ser por los bastante arrogantes chicos del Jeffersonian.

La otra serie que se creó a principios de año para dar una alternativa a los ex chicos de Grissom (en horas bajas desde que Laurence Fishburne se mudó a Las Vegas), Castle, también está pasando su particular proceso de purificación. En este caso se trata de dar un poco de relieve a los ayudantes de la detective Beckett, que más que secundarios han sido meros extras.

La operación, sin embargo, tampoco se ha saldado con éxito. ¿El motivo? Tienen más líneas de diálogo, pero los guionistas siguen en sus trece de retratarlos como un par de idiotas. No hay ni un ápice de profundidad, ni cierta ironía en el cliché y se quedan en nada cuando aparece Nathan Fillion en escena. Porque en el fondo este ya interpreta a un idiota de pies y cabeza. Eso sí, un escritor de éxito, encantador y petulante. Mejor que les busquen otro carácter.


No obstante, a diferencia de Miénteme, me quedo con Castle y su tensión sexual no resuelta de manual: la familia del protagonista, al mejor estilo ABC, es entrañable, y el estira y afloja entre el escritor y Beckett es resultón. Además, por más que en TvByTheNumbers se dediquen a profetizar su cancelación, creo la serie puede prosperar: puede tener un público bastante envejecido, pero en números absolutos no está mal y Castle no deja de ser la primera piedra hacia un género televisivo que la cadena no domina (The Forgotten, por ejemplo, sí que se ha estrellado con su bruckheimerismo). Cuatro, ¿a qué esperas para emitirla?

miércoles 21 de octubre de 2009

Ley y Orden, la madurita interesante de la tele

¿Cuánto ha llegado a cambiar la televisión en las dos últimas décadas? Se ha pasado del reinado de las networks a la consolidación del fragmentadísimo mundo del cable, por no hablar de la evolución tanto en el ámbito técnico como de guión. Pero Ley y Orden, de forma silenciosa, sigue en el prime time estadounidense y con razón. Es de los pocos ancestros que siguen con vida de la tele.

El paso del tiempo no ha supuesto una renuncia a sus orígenes: los créditos iniciales son una declaración de principios con su estilo noventero, a pesar de que el reparto se haya metamorfoseado durante todos estos años. Tampoco hay detectives peculiares como un Grissom o un Patrick Jane, ni una tecnología de ciencia ficción como en Bones o cualquiera de los CSI. Aquí si la policía de Nueva York quiere resolver un asesinato, debe patearse las calles de la Gran Manzana y rebotar como una pelota de ping pong entre los sospechosos.

Que conste que tampoco es una joya. Su principal defecto es, por ejemplo, que las dos partes en que se divide el metraje no atrapan por igual al espectador. Los policías, ahora interpretados por Jeremy Sisto y Anthony Anderson, son funcionarios de su propia serie de televisión (que no quiere decir que se deba pasar al otro extremo, el de los coetáneos) y a menudo confunden el tedio de su vida laboral con aburrir al espectador.

Los fiscales, en cambio, atraen con su determinación de meter entre rejas a quien sea y con unas resoluciones no siempre optimistas. Alana de la Garza es tan guapa que no necesita esforzarse mucho y Linus Roache hace uno de los papeles más convincentes del panorama catódico. Si estuviera en alguna serie más a la última, seguro que sería el típico acaparador de premios. ¿Recibirá una nominación el próximo año en los Emmy cuando Ley y Orden puede que cierre el chiringuito?

Porque, aunque debiera ser tratada como a un monarca, este drama policíaco-judicial está siendo la principal víctima del desbarajuste de la NBC. La llegada de Jay Leno a la última hora del prime time ha provocado su traslado a la noche de los viernes, fatídica de por sí y en una franja que no la ayuda. Es demasiado oscura.

En su contra, además, están los críticos con la serie que la acusan de haber perdido la originalidad y coger demasiados guiños de la realidad (en la vigésima temporada hay un episodio basado en Kate y Jon Gosselin), los cuales parece que hayan olvidado que ya en el 98 se inspiró en la muerte de Lady Di. Por lo tanto, que la excusa se vaya al retrete.

Como veo yo el asunto, un cambio en el reparto policial sería un paso adelante (aparte de spinoffear a Roache y de la Garza, claro) y ha demostrado durante dos décadas que es capaz de regenerarse y seguir dando guerra. Al fin y al cabo, su apogeo con el público no se dio hasta su 12ª temporada y en los tiempos que corren, en los que la audiencia se fuga a las decenas de canales rivales, es un valor seguro. Yo he empezado a verla a partir de la 19ª.


Y es que esa rutina que impregna su realización y el abanico de colores, bastante pobres y sombríos, aún conserva su encanto, al igual que los cafés que se toman los polis por las calles de Manhattan a primera hora de la mañana, con las legañas y las manos enfundadas en guantes, la bufanda en el cuello, el halo de vapor que se escapa por la boca y las grises chaquetas hasta las rodillas.

lunes 19 de octubre de 2009

La Super Capulla Tyra Banks

La definición de smize, teóricamente, es sonreír con los ojos. Es un vocablo de nueva creación de la televisión estadounidense y su madre es Tyra Banks. Pero yo abogo por darle otro significado a esta palabra, otro que se adecue un poco más a la realidad: capulla. Y es que siento rebajarme a mis instintos más básicos, pero a ver qué pensáis vosotros después de ver la llegada de Super Smize al reality de Banks, America’s Next Top Model.


No creo que las autoridades sigan este programa, porque de hacerlo seguramente hubieran internado a la supermodelo en un psiquiátrico bajo el código 5150 (o lo que es lo mismo, “Mischa’s Code”), que se aplica a las personas que pueden ser un peligro para ellos mismos o los demás. Nadie supo decirle en su momento, cuando su concepción de ella misma aún no amenazaba con aplastar el mundo, que ella para la interpretación no valía. Sólo hacía falta verla con Lindsay Lohan en Life-Size, un telefilme donde interpretaba a una barbie: su ineptitud era insólita hasta para una topmodel reconvertida en actriz (en comparación, el papel de Ellen McPherson en The Beautiful Life se eleva al rango de oscarizable). ¿La última víctima que se ha cobrado esta ambición de ébano? Gossip Girl.


Las pullas de Joel McHale, que la utiliza como diana en The Soup semana sí y semana también, no pueden con ella y desde que abandonó las pasarelas en 2005 que su ambición no ha parado de aumentar.

En America’s Next Top Model demuestra en cada programa la clase de persona que es. No sólo porque eligió a una chica loca de atar para dar un poco de alegría al programa (algo que dejó el reality a la altura del betún), sino porque intenta robar el protagonismo a sus concursantes, que este año son bajitas. Según Banks, decidió cambiar el rumbo del programa para dar cabida a los pequeños tesoros; la impresión que da, sin embargo, es que las eligió pequeñitas para así destacar aún más a su lado. Aquí unas imágenes de Amber, a la que escogió Tyra, pero que luego no pudo acudir al programa (no es muy difícil intuir que sus padres o bien la ingresaron en un centro o le obligaron a tomarse la medicación):


Además, es falsa hasta cuando quiere pretender ser una buena chica. No cuela. Más le valdría aprender un poquito de Heidi Klum y hacerse la zorra con moderación y clase, que el todoterreno que cree ser. Porque sus modales, como también demuestra en The Tyra Show, también dejan que desear.


Y con la tontería, la Super Smize cobra alrededor de 30 millones dólares al año y es una de las mujeres mejor pagadas de la televisión. Así que, por favor Michael Moore, a usted que le gusta denunciar las injusticias, dedícale un documental a esta Super Capulla.

viernes 16 de octubre de 2009

La reveladora Modern Family y compañía

Shonda Rhimes reconoció su completa admiración por Modern Family vía Twitter poco antes de que se estrenase. Y no fue la única. Cada vez que un crítico de televisión veía algún episodio que la ABC dejaba a la prensa, caía rendido a sus pies. Ha logrado, sin haber armado ruido con puzzles promocionales, algo que hacía años que no ocurría: el consenso entre la crítica y el público. Quién le iba a decir a esta cadena que la revelación de la temporada se hallaba en su programación y que ésta no sería FlashForward (claro que V aún está a tiempo).

El falso documental acerca de tres familias más o menos convencionales (una numerosa, una homoparental y otra con una gran diferencia de edad), además de tener un gran elenco donde ningún peldaño se tambalea, está nutriendo la televisión norteamericana con los diálogos más afinados que se hayan visto en mucho tiempo. Es de esas comedias en las que uno se esfuerza a aprenderse las frases porque huelen a historia y el sentido del humor es afilado pero sin pasarse de la raya. Falta casi un año para los próximos premios Emmy, pero ya es casi seguro que no faltará en las quinielas.

Esta sorpresa, acompañada de la histriónica Cougar Town (que divide tanto a la crítica como al público y que yo defiendo) han permitido a la ABC codearse con la competencia en el terreno de las comedias. Ahora tienen su propia noche, aunque el resultado sea irregular. Pero no por culpa de estas dos ficciones, sino por las dos que la preceden.

Por un lado está The Middle, que es la copia descaradísima (incluso el título es un robo) de Malcolm in the Middle y que podría haberse alejado un poco del precedente. Jane Kaczmarek hizo de su matriarca familiar un referente y esa familia disfuncional fue de por si una pequeña revolución (por lo menos desde mi por entonces juvenil punto de vista). Así que, evitando unas comparaciones en las que saldría perdiendo, esta especie de versión puede disfrutarse con el patetismo de sus situaciones y la galería de frikis que puebla el hogar (el pequeño monstruito que habla con dos voces y la hija borderline). Lástima que un lead-in muy perjudicial lastre las posibilidades de prosperar en su franja horaria.

Y es que Hank es lo que fue Surviving Suburbia el año pasado: un error que sólo vio la luz por el peso de su actor protagonista (ahora es Kelsey Grammer, la temporada anterior fue Bob Saget) y que tiene un insufrible regusto caduco, con un humor que se pasa de rancio. Y el vehículo, que le debería servir a Grammer para lucirse, sólo confirma que es uno de los actores más fáciles de odiar de la televisión y que, después de Frasier, más le hubiera valido dedicarse a otra cosa. ¿Su personaje más memorable desde que dejó su consulta en Seattle? El peluche azul de X-Men 3. Creo que sobran las palabras.

martes 13 de octubre de 2009

Mercy, la hermana fea y pobre del Seattle Grace

Últimamente la NBC no hace más que recibir varapalos por todos lados y Jay Leno, su cabeza de turco, se ha convertido en el ser más odiado por los amantes de la televisión y la prensa seria especializada. El hombre, antes queridísimo, va camino de convertirse en una especie de musa de chistes a lo Chuck Norris (¿hay alguna catástrofe en la faz de la Tierra que no se le haya atribuido ya?). Sin embargo, es hora de romper una lanza a favor de él: empiezo a sospechar que ese agujero nuclear en que anda metida su cadena forma parte de un plan diabólico que va más allá de la ocupación Lenoniana en el primetime. Tiene que haber alguien dentro de la cadena que quiera dinamitar su futuro. ¿Y la prueba más evidente (después de esa invasión napoleónica y del tiro que recibió Southland en la nuca)? Mercy.

Sólo su peor enemigo podía anunciar este serial de enfermeras como la gran apuesta de la temporada y la otra cara de Urgencias. Con estas indicaciones, el fracaso y la decepción estaban asegurados. Y las nuevas voces, que explicaron que era un calco de Anatomía de Grey, estaban tan equivocadas como acertadas: sí, intenta asemejarse al modelo del Seattle Grace, pero es como la hermana fea, pobre, sin mucha higiene, deprimida y asidua a los mercadillos.

Al lado de los protagonistas, dos ex militares de la guerra de Iraq que ahora trabajan en un hospital (y que se enrollaron, pero ahora ella quiere dar otra oportunidad a su marido), Meredith Grey es Miss Simpatía y Patrick Dempsey es el Príncipe Azul, de Beckelar y sucesor indiscutible de George Clooney. Y es que con unos kilitos de más, un andar osezno y la misma sosería de siempre, James Tupper (el señor de Anne Heche) habría sido capaz de convertir al mismísimo Doctor O’Malley en sex-symbol y nuevo Jon Hamm.

Lo único positivo que se puede sacar de Mercy es que, siguiendo con las comparaciones, por lo menos es algo mejor que Hawthorne, otra de enfermeras, gracias a que un mediocre reparto coral siempre es mejor que una terrible protagonista absolutista (con esa expresión de malas pulgas, Jada Pinckett-Smith podría haber hecho carrera como boxeadora profesional).


Jackie, en cambio, zurraría a la mitad de la planta del hospital, le daría una colleja adicional a Taylor Schilling y posiblemente ficharía a Michelle Trachtenberg, que sigue como ejemplo de que lo malo, cuando se eleva al cuadrado, puede llegar a ser bueno.

sábado 10 de octubre de 2009

Southland, a la morgue de la NBC

Cuando Regina King encerró a la testigo en el lavabo de su casa y se enfrentó a unos matones, la televisión vivió uno de los mejores momentos de la temporada pasada, por no decir el mejor. Esa tensión, acompañada por la fuerza de la actriz y rodeada de silencios y maderas que crujían, marcó un punto de inflexión en el camino de Southland. No sólo tuvo un prometedor piloto que descolocó al público, que se esperaba otra serie de policías, sino que en siete capítulos lo dejó con el corazón en un puño. Pero la NBC no ha sabido valorar las firmes bases que sentaron en tan poco tiempo y, después de renovarla para este otoño, la ha cancelado antes de su estreno. O sea, un zás en toda la boca de la audiencia.

Ante una operación tan rastrera, quien no se ha cortado un pelo es Michael Cudlitz, el agente de policía gay, que confirmó en la Entertainment Weekly que ya sospechaba algo. “Pasaron el primer spot publicitario el pasado viernes y es el único que han emitido. Esto no es relanzar la serie. Cuando tienes una cadena que nadie mira, no ayuda anunciarte sólo en la propia cadena”. Y es que la llegada de Jay Leno al prime time de la NBC es un pez que se muerde la cola y está resultando imposible dictaminar cuando parará el declive.

La cuestión es que Leno sale rentable con la mitad de la audiencia que una serie de televisión, pero a largo plazo los costes terminan siendo altísimos. Primero, no es una preferencia para el espectador, sino la opción cómoda para los huérfanos de sus series favoritas. Al conformarse con unos registros más básicos, se debilita las promociones en los intervalos publicitarios y encima mata lentamente el Tonight Show de Conan O’Brien, un programa con las mismas características. El canal casi se ha convertido en un temático de late shows y la excusa de que nos encontramos en una nueva era, más fragmentada, no es un argumento suficientemente sólido para la estrategia de Leno (¿por qué no ocupar los vacíos con realities, por ejemplo?).

Además, al quedarse con la última franja en horario de máxima audiencia, ha destrozado dos mitos del canal como son Ley y Orden y Ley y Orden: UVE, cuya crudeza y pesimismo en bloques más tempranos. Así han enterrado la serie original en la noche de los viernes, finiquitándola en la vigésima temporada, y han empezado a cavar la tumba al spin-off de Mariska Hargitay.

La alternativa que ahora le queda a la criatura de John Wells es hallar un nuevo hogar en el cable. Las miradas, de momento, se depositan en la FX, que suele dar cobijo a los dramas más duros (Rescue Me, The Shield), y en la TNT, que tiene la oportunidad de quedarse con una buena serie sin tener que arriesgarse (algo que siempre le sale mal). Y como dijo Cudlitz, el cambio incluso podría ser a mejor, pues habría la posibilidad de sumergirse en un Los Angeles aún más oscuro que el que han podido retratar en una generalista.